23.8.17

... el terror de volverme loca


Sábado, 17 de junio [de 1960]

Anoche viví, por vez primera, el terror de volverme loca. Estoy sin defensas, absolutamente desnuda. Suspendida del abismo, balanceándome. No tengo deseos de nada. Hay un silencio en mí. No quiero volverme loca. Ayer pensé que quiero volver a Buenos Aires. Con mi cuerpo puedo hacer lo que quiero: viajar a cualquier país, ir a cualquier lado. Pero mi silencio y mi tristeza no siguen a mi cuerpo. Me siento más triste que nunca. Tal vez tengo lo que llaman «manía depresiva». He recibido una hermosa carta de Roberto J. «Déjate ir», dice. Pero Roberto cree enormemente en los valores del espíritu, posiblemente jamás se preocupó de la locura, jamás se preocupó de saber o sentir si es loco o no. Sabe y siente que es poeta y por lo tanto un ser diferente. Yo también sé y siento que soy diferente, pero también sé y siento mi enfermedad, su peso, su fuerza. Volver a Buenos Aires y psicoanalizarme. Pero ¿de dónde obtendré dinero para ello? Más valdría suicidarme, ahorrarme los meses o los años de sufrimiento atroz que me esperan, que ya están, que ya fueron y serán. «Soy un fue, un es y un será cansado.»

Sea cuando fuere, tarde o temprano, tendré que suicidarme. La vida no es para mí.

Ayer, mientras tenía miedo de la locura, alguien reía dentro de mí: «Y sos vos la que quiere escribir novelas, vos la que quiere hacer los poemas más bellos». Y la voz reía.



***
Texto: Diarios, Lumen, 2013.
Imagen: "Dark Water", Laura Makabresku.

5.8.17

Palabras...


22 de febrero. Palabras. Todo lo que me dieron. Mi herencia. Mi condena. Pedir que la revoquen. Pedirlo con palabras. Las palabras son mi ausencia, en mí hay una ausencia hecha de lenguaje. No comprendo el lenguaje y es lo único que tengo. Este «silencio» de las palabras, de las que digo y escribo, es el horror, el vértigo. Pero ninguna presencia humana se me presenta como evidencia. Amigos y amantes: cuerpos vacíos e indiferenciados. Sólo hay fantasmas que he amado hasta pulverizar mi conciencia.

24 de febrero, domingo. Las palabras son cosas y las cosas palabras. Como no puedo otorgar realidad a las cosas las nombro y creo en sus nombres (el nombre se vuelve real y la cosa nombrada es la fantasma del nombre). Ahora sé por qué escribo los poemas que escribo que son inmóviles y estáticos como cosas. Es mi sueño de un materialismo dentro del sueño.


***
Texto: entradas del diario de 1963 (Diarios, Lumen).
Imagen: fotograma de la película Persona de Ingmar Bergman.

25.7.17

... es como si fuera una fuga


Martes

Si no obtengo recursos de mí misma, ¿de qué vale todo? Es como si tuviera un desierto detrás de mi pecho, es como si me hubiera tragado una loca incendiada que corre por mi sangre dando alaridos, es como si fuera una fuga. Yo no quiero ser una fuga, yo no quiero que me pongan agujas en la sangre. Quiero vivir y ser yo. (¿No estaré luchando con la locura?)

El examen del sábado es el causante de mi estado actual.



***
Texto: entrada del diario correspondiente a febrero de 1958.
Imagen:fotograma de Pierrot le fou de Jean-Luc Godard.


28.6.17

Algo goteaba horrorosas partículas de dolor...


[...]

Siento una profundísima melancolía. Sombras, dolor, vergüenza de no ser, todo, todo, tan feo, tan triste, tan ausente, tan estático. Quiero morir.

Dentro de unos instantes, moriré. Abriré mis venas con un cuchillo.

¿Qué puedo decir? ¿Qué valor pueden tener mis palabra, ahora, que ya es el fin?


¡Morir! ¡Claro que no quiero morir! Pero, debo hacerlo. Siento que ya está todo perdido. Lo siento claramente. Me lo dice la fría noche que nace desde mi ventana enviando mil ojos que claman por mi vida. Ya nada me sostiene. Pienso en usted, y algo, desde muy hondo, rompe a llorar. ¿Debo pensar que por usted es necesario vivir? Mi razón así lo afirma. Pero, la orden imperativa de este momento es un terrible grito que sólo dice ¡sangre!

¡Morir! Ya nada me queda…

Todo se esfumó y yo quedé en la nada. Y así estoy ahora. ¿Puedo pensar que debo vivir? ¡No!¡No! ¡He de morir! Y ¡ahora! Tiene que ser ahora. De lo contrario, no será nunca. Por última vez, le digo de mi amor.

DOLOR

¡Llorar! Se acarició el rostro. Sentía una profunda tristeza por su tristeza. ¡Llorar! Naufragaba en un mar melancólico; hondamente, llanamente, melancólico.

Tomaba lenta conciencia de su sufrimiento, sufrimiento agudizado por la visión de su espera vacía. Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué? Su interior se deshacía paulatinamente como un grifo mal construido. Algo goteaba horrorosas partículas de dolor. Algo, algo. Quiso sonreír, pero sus pestañas latieron ante la humedad que afloraba a sus ojos. Pensó que solo le restaba morir. Atisbó su alma para comprobar el efecto que le producía esta palabra fatal: morir. No. Sólo nada. Su alma asentía en silencio. Ya no le importaba no ser. Quiso sonreír y el llanto sobrevino. ¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba!! Tornó a sufrir. Pequeño lagrimeo. ¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta. Contempló sus queridas posesiones. Sí. Todo estaba muy bien, menos ella, la pobrecita ella, tan dolorida, tan pero tan dolorida que se sentía estallar. Era algo que la mordía por dentro, algo fiero y oscuro y grande y tremendo. Algo la castigaba por sus pecados o por sus virtudes o por su vida o por su muerte. ¿Cómo saberlo? Oyó un horrible chirrido, como de una tumba, que se abalanzaba sobre su nuca. Oprimió los pies contra el suelo, fuerte, muy fuertemente. Sentía que su cuerpo se estiraba, cada fibra, cada tendón, se iban y volvían elásticamente, como en los films de dibujos animados. Cerró los dientes hasta empujar todos los dolores de su cuerpo y concentrarlos en sus mandíbulas. Sufría. ¡Cómo sufría! El dolor laceraba su ser hasta convertirla en un impresionante hilo tenso que al menor roce producía sonoridades sorpresivas. No quería pensar en su dolor, pero éste estaba dentro de ella, delirante, acalorado por alguna fiebre misteriosa. Unos ruidos extraños burbujeaban en sus sienes marcando heráldicamente el lugar en que ella tenía que apoyar los dedos y frotar, muy suavemente. Los dedos bajaron al sitio en que estaba el corazón. Se asustó al sentir ese vibrar tan uniforme y tenso. Un segundo más y lo iba a ver estallar, volar en mil pedazos, como un globo terrestre de goma pinchado por una espina, ese mismo globo terrestre que era su abstracción del mundo, de su mundo que desaparecería con su muerte. Estaba decidida a llevarla a cabo, pero había un pero que rompía silenciosamente su resolución. Contempló la pluma y la acarició. Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir. Deseo que introducía a la muerte en un barco irretornable, deseo que aumentaba el mercurio de su angustia, deseo que cortaba su pobre espíritu y arrancaba los testigos de sus frustraciones, de sus impotencias. La tentación de arrojar la pluma por la ventana, al mundo exterior, odiado y temido, se hizo fuertísima, pero sabía que esta pluma solo era el símbolo de su ardiente apego a las figurillas conmovedoras de su escritura. Nuevamente, se sintió desolada. El sol aciago cegaba sus pupilas. Vibró su dolorida frente. ¡No! ¡No era el sol! Era su llanto, su modesto y silencioso llanto, que cubría su rostro, no para lavarlo, como una lluvia beneficiosa, sino para hacerle llegar a todo su ser el testimonio de su desdicha, de su terror, de su vida perdida. Trató de ocultarse, de sonreír aun cuando la falsedad de su alegría fuese conciente. Quería hundir su mano en el dolor y agarrarlo como a un objeto próximo y estático y oprimirlo y expulsarlo de su cuerpo fatigado. Pero no, su dolor era como un [palabra ilegible] indomable, imposible de aferrar. Pensó en Dios, en algún elemento supremo a quien elevar sus quejas y pesares, alguien contra quien clamar o blasfemar. No. El cielo era una masa presente y azulada. Ni por asomo se le ocurrió que Dios podría estar detrás, o encima o, como le habían dicho cuando era niña, en todas partes. Recordó que se había asustado. Recordó que lo imaginó como un fantasma blanco lleno de ojos negros. Pero, ahora, ¡ahora, pobrecita ella!, no atinaba a encauzar su dolor hacia esas terapéuticas ultraterrenas. Cerró los ojos. Ahora el dolor caminaba por su sangre, a pasos gigantescos, torturadores de su ser, que ella temía como a todo. Inspiró hondamente. Nada. Con sumo ingenio, sus resortes angustiosos se entretenían en escribir sobre la superficie de su alma. Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: "¿Ojos para volar?" (Coyoacán, México, 1991), ©Graciela Iturbide.

22.5.17

¡Yo! ¡Sólo yo sufro!


[...]

¡Háblenme de los hebreos en el desierto!
¡Háblenme de los pobres que mueren de hambre y de frío!
¡Háblenme de los clavos de Cristo!
¡Háblenme de los condenados a la hoguera!
¡Háblenme de las madres con sus hijos muertos!
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que estoy tomando un exquisito café y aspirando la dulce fragancia de este cigarrillo.
Yo, que planeo una perfecta apertura social para la próxima semana.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
Yo, que mientras escribo sonrío a una mosca que mastica azúcar y lloro de soslayo para no
humedecerla.
Yo, sentada, ignota y primaveral riendo de mi jactancia extravagante pero mía.
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Háblenme de gitanas sucias y despatriadas!
¡Háblenme de estrellas sin cielo!
¡Háblenme de flores sin pétalos!
¡Yo, sólo yo sufro!
¡Sí! Acá, en mi verde umbrío rincón.
¡Sí! Acá, mientras vivo danzando en la cuerda.
¡Sí! Acá, mustia y pegajosa, llorosa y dolorida.
¡Yo! ¡Sólo yo sufro!
umbrío vidrio estridente marea
al filo sin son de la tarde muerta
tres dríades duermen sentadas
en mi ser cansado ya sin llanto
sombría y terrestre adrede
me extraigo
una verde sonrisa sangrante
¿dónde vas, labio muerto sin fondo?
¿dónde vas, impetuoso lanzallamas?

Alejandra: recuerda. Recuerda bien todo lo que has oído. Primeramente, debes aprender a separar el sueño de la vigilia. Recuérdalo, y no pienses que «estás desnuda o llevas un traje de vidrio».

[...]



***
Texto: fragmento del diario, entrada del 28 de setiembre de 1955 (Diarios, Lumen 2013).
Imagen: fotografía tomada del documental Soy lo que soy: Alejandra Pizarnik, de Sandra Mihanovich.

15.5.17

... cuerpo erotizado por su deseo de morir


SAINT-TROPEZ*

22 de agosto [1962]

El dorado día no nace para mí. Penumbra perpetua del cuerpo erotizado por su deseo de morir. La lívida luz del amanecer entrando a donde el espejo es el infierno. Mueres de cualquier manera. La luz es puerta sin gracia en el soplo mágico de la noche. Viento, parte inaudita de ti. Si me amas me la darás aunque no vivas, aunque no estés aquí. Aunque mueras habrás más daño que hacerte. Puedes retroceder. Irte a un paraíso más cercano que cualquier alba. Un viento fuerte hecho de imágenes desencontradas. Vende tu luz extraña, tu cerco inverosímil, tu deseo mágico de asaltar desde las nubes faroles extraños. Un buen fuego en el país no visto. Un fuego sin desenlace en el estío vencido por ti. Véndelo luego porque la luz se arrima a imágenes de gloria y candor cercano. La luz, el heroísmo de estos días a venir. Pálida afiebrada. Vences en el deseo de considerar la luz como un excedente de demasiadas cosas demasiado lejanas. Reconócete animal perdido. Véncete en demasiadas cosas demasiado lejanas. Aunque ames o te mueras de simple ir andando hasta encontrar rabia y tranquilos estadios de olvido. Véante mis ojos. Véante mis labios. Véate mi cuerpo. Invade azulmente mi mirada dividida, escindida, prohibida. Invade hasta invadirte. Mida la extensión de mi amor, la de mi odio. En extrañas cosas moras.

Estado peligroso de fatiga, insomnio y palpitaciones cardíacas. Me siento muerta, mejor dicho, un peso muerto, algo enormemente pesado, no mi cuerpo sino esto que se llama yo. Hasta cuando me llaman por mi nombre, hasta cuando dicen Alejandra, me siento caer sin fuerzas para sobrellevar mi nombre y con muchas menos fuerzas, aún, para responder a la llamada. Además respiro muy mal —todo el peso reside en el pecho—. Si todo esto me permitiera escribir y leer no me importaría. Pero ¿qué quiero? Quería un largo espacio sin tiempo y lo tengo. Sólo que yo lo quería en soledad absoluta. Y aquí gasto mis tan escasas fuerzas en ponerme tensa delante de los demás, en sentirme perseguida, hostigada hostilizada. Y pensando —sin duda tengo razones válidas para ello— que ya estoy completamente idiota. Quien yo sé no me dirigió la palabra salvo para convidarme con las consabidas formas de politesse. En ningún momento me miró en los ojos. Debo agregar que esto último es una suposición pues no lo puedo saber no habiendo mirado yo misma los suyos maravillosos. Pero estoy tan destrozada que no me importaría irme ahora mismo con tal de dormir diez o quince horas. Hace más de una semana que sólo duermo tres o cuatro por noche.

Lo que me sucedió anteayer en París con E. no será posible narrarlo hasta dentro de mucho tiempo. Cómo yací junto a E., debajo de E. y sobre E., ambos desnudos, como si hiciéramos el amor. E. no quería ni podía hacerlo y yo quería y no quería. No obstante me sentí dichosa en sus brazos, en sus besos. "Mais tu es un enfant", decía con asombro. Yo sólo quería estarme sobre su cuerpo y beber de su rostro fabuloso. Me recordaba tantos otros rostros que casi se lo digo si no fue que tuve miedo de que se ofendiera. El poema "Artémise" de Nerval nunca fue más exacto: La treizième revient, c’est encore la première… Pero al final le dije: "Siempre estuve enamorada de gente que no existe y aquí estás vos, hoy…". "Amas en mí a alguien que no existe", dijo. Era cierto pero al mismo tiempo amaba su rostro como jamás he amado otro. No había un clima sexual. El cansancio de E. se debía a que ese mismo día antes había hecho el amor reiteradas veces. Cuanto a mí, todo era confusamente erótico en ese momento. Erotismo difuso, que hasta sentía en las yemas de los dedos. No precisaba del orgasmo —yo, que siempre lo preciso— sino de la prolongación del infinitum de ese abrazo. A todo lo sucedido se le podría encontrar una explicación freudiana evidente. No obstante, hay algo muy misterioso en este nocturno encuentro de dos cuerpos desnudos que no se unen (nunca me sentí menos separada que durante esas horas). Volviendo a Freud, se diría que no te atreviste a cometer incesto y que tu cobardía frenó los impulsos sexuales de E. Pero E. es mucho más que mi nostalgia de huérfana. Su mirada está más allá de la explicación. No hay otro rostro tan misterioso como el suyo.

El m. de m. l. —al que odié apenas lo vi— habla tan rápido que no se le comprende lo que dice. Voz ceceosa, excepcionalmente fluida, como si las frases estuvieran desde hace mucho dentro de la saliva y como si tuviera mayor cantidad de saliva que cualquier otra persona. Así como habla rápidamente, así debe comer, orinar, hacer el amor. No obstante tiene un rostro dulce y agradable (aunque no para mí pues sospecho que su sentimiento debe ser recíproco del mío).

Lo que me molesta o exaspera o enerva de él es su absoluta creencia en el mundo físico tal y como nos rodea (creencia que comparten todos los burgueses, sin duda) y su cerrazón a cualquier esbozo de abstracción aun cuando se lo presenten en forma de chiste genial; sospecho que tendría que haberme venido provista de chistes sociales y cuentos graciosos sobre la high life en los cuales habría palabras tan reconfortantes como "cojinetes", "rulemanes", "cremalleras", "propiedad horizontal" (¡como si existieran propiedades verticales!), etc., etc. De todos modos me duele bastante no poder comunicarme con los que tienen intereses o desintereses fundamentalmente opuestos a los míos, dolor que intento consolar atribuyendo esta incomunicación a mi oficio de poeta. Y tal vez por eso leo a Artaud, ahora, y a varios más que no «perdieron el lenguaje en lo extraño».

Sentimiento de un frío que se acerca hace mucho. A la mierda todos: niños y mujeres primero, después hombres y perros. Dejar solamente a los clochards y a los poetas. Bello sueño de una joven muerta: hacer poemas y después reventar. Las moscas caminan sobre mí y yo no tengo fuerzas para espantarlas, nadie más espantada que yo, más empantanada, con mis hermosos sentimientos y mi fabulosa sensibilidad. Habrá que matar también a E. Miré sus ojos gran parte de una noche e hice plegarias mentales que debió comprender. No se quedó sin embargo. ¿Y a qué había de quedarse? ¿A qué? ¿Pero es posible, digo yo, que todos te abandonen y que tú no digas una sola palabra? A la mierda los abandonadores. Yo ya no existo. Por eso, cuando esté menos cansada (¿qué hizo de mi cuerpo?) me vengaré en poco tiempo. Muerte, dolor: yo comprendo. Sufrimiento en estado puro: yo comprendo. La mano de hierro al rojo posada en mi pecho, en mis sienes, ruidos de mil uñas arañando paredes dentro de mi cerebro. Chirridos, ripios, gritos agrios repercuten, suenan estridentemente. Que nadie venga, por favor, que lo pulverizo. Que no me toquen que me hago polvo y caigo, caigo, caigo. Horror de mis noches videntes y de mis días ciegos. Toda esta lucha perversa está en mí, en el centro de mí, me clavaron, me remacharon, me acuchillaron con cuchillos mellados y oxidados. Ripio, rabio, ruina, risa, resina, remanente de graznidos, retroceso de rezos triviales. Dientes entrechocándose. Un frío se acerca nacido de mi aliento. Todo lo que no lloré lo llorarán dentro de un momento cuando me destroce y me muerda como una perra rabiosa y me dentelle y me descuartice, porque todos ellos están en mí y cuando yo me asesine mi venganza estará cumplida.

¿Qué venganza? ¿Qué filo nocturno en la orilla de este sinsentido siniestro? Antiguas noches amadas, menos bordes filosos, si me hacen el favor. Menos puntas, menos agujas, menos trituraciones y perforaciones.

Viaje de ayer en el expreso Paris-Nice. 12 horas leyendo y fumando y tomando agua mineral (le di propinas monstruosas al chico que vendía las bebidas porque me daba cuenta que quería burlarse de mi sed con los otros pasajeros). Por las ventanillas pasaban montañas, ríos, animales, casas, regiones que desconozco pero que no quería mirar porque prefería leer y además, el no mirar está asociado, en mi caso, con un oscuro sentimiento del honor, como si no mirar fuera una venganza, un insulto,
una manera de devolver los golpes. Y en cierto modo es así.



*Anotada junto a este título la leyenda: "hasta el final pasado".



***
Texto: Cuaderno de mayo a agosto de 1962 (Diarios, Lumen, 2013).
Imagen: "Tina Modotti" por Edward Weston.

9.5.17

Apuntes sobre la colección Alejandra Pizarnik, por Daniel Canosa




Me permito una digresión. Hace poco estuve en la Sala Americana de la Biblioteca Nacional de Maestros, el motivo fue un llamado, no sabría describirlo de otro modo, que me llevó a consultar una selección de 12 libros pertenecientes a la poeta Alejandra Pizarnik, muchos de ellos subrayados y comentados por la autora. Se trata de ese tipo de decisiones que no responden a una lógica ni al trazado de un objetivo, decisiones que una vez tomadas, hay que tratar de entenderlas.

Ya se lo interrogaba Daniel Link en su feliz disertación sobre la colección Pizarnik:

¿Cómo usaremos esta biblioteca que llega hasta nosotros? ¿Como el fragmento vivo de una memoria muerta? ¿Como una reliquia? ¿Como una experiencia de videncia o como una historia de fantasmas?

Personalmente no sé muy bien que aporte puedo ofrecer como interpretación de aquellos textos marcados (configurados con un particular sistema de colores). Como bibliotecario pienso en el potencial de la colección, el gesto que se agradece –consultar libremente esos libros– sin otra finalidad que la curiosidad por abordar un material sin precedentes, en cuya compañía la poetisa construyó parte de su literatura.

El interés por la consulta de la colección surgió luego de haber conversado con el poeta y traductor Rodolfo Alonso, quien me había recomendado en una ocasión la lectura de los poemas de Georges Schehade. Como ya había leído parte de la poesía completa de Alejandra Pizarnik (edición a cargo de Ana María Becciu), encontré similitudes entre los textos de ambos poetas. Posteriormente consulto la Colección Personal en el catálogo de la BNM y encuentro el libro de Schehade en el campo de autor, situación que originalmente motivó mi visita a la biblioteca.

Para efectuar la selección tomé por criterio consultar el área de notas de los registros bibliográficos consignados por los responsables del catálogo, en especial aquellos libros que fueron intervenidos por la autora (notas, estudios críticos, subrayados) en detrimento de aquellos que simplemente figuraban con dedicatorias o sin comentarios. Hubo en la elección meras adscripciones estéticas, con la intención de encontrar proyecciones de las lecturas frecuentadas en algunas escrituras de Alejandra Pizarnik, especialmente en los libros Otros poemas (1959), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y algunos poemas dispersos publicados póstumamente. La serendipia me llevó a consultar los libros de Octavio Paz, de ahí asomaron otras variables que intentaré devanar con inevitable precariedad.


Como se sabe, Alejandra Pizarnik (Buenos Aires 1936-1972) hizo de su obra un mito candente de la Literatura Argentina. Según consta en el sitio Web de la BNM, parte de sus libros fueron donados por su amiga y editora Ana María Becciú, constituyendo el espacio denominado Biblioteca Personal Alejandra Pizarnik, permitiendo realizar búsquedas por autor, título y tema, además de contar con índices temáticos y de autores, lo cual nos permite asomarnos al catálogo de las elecciones estéticas, inquietudes intelectuales y afinidades literarias que poblaron los textos literarios y críticos de Pizarnik.

En esa feliz ceremonia tardía, hubo algo que me llamó la atención, que fueran los libros de Octavio Paz –aquel gran escritor mexicano– los más “intervenidos” por Pizarnik, en especial uno de ellos: “Los signos en rotación”, conjunto de ensayos, artículos y notas que cultivan reflexiones en torno a la poesía, inusitadas muchas de ellas, lo cual me permitió trazar una precaria línea con respecto a la atmósfera que sobrevolaron algunos poemas escritos por Alejandra poco antes de morir (mientras estaba internada en la sala 18 del hospital Pirovano). Es como si los artefactos generados por la escritora estuvieran de algún modo embebidos del plano propiciado por aquellas lecturas. Me da la impresión que la prosa de Alejandra Pizarnik tiene un carácter tanto filosófico como confesional, heredado en parte por estos abordajes críticos. No puedo probarlo, se trata de una mera divagación que por alguna razón necesito compartir.

Mientras estuve analizando parte de la colección me detuve en los subrayados que Alejandra remarcó en los versos del poeta libanés-francés Georges Schehade (1905-1989), un “descubrimiento” personal reciente. Allí Alejandra traduce un verso del poeta de la melancolía:
“hay tanto adiós delante de tu rostro”. Lo llamativo es que en el libro “Puertas al campo” de Octavio Paz, hay un pequeño homenaje a la poética de Schehade, donde se encuentra aquel poema traducido, que Alejandra vuelve a remarcar en el mismo verso.

La lectura simple que alguien puede hacer es el impacto o representación de ese verso en la poetisa, un manojo de palabras que “dice” algo de lo que ella es, de lo que piensa con respecto a una situación de vida en donde se ve claramente reflejada: “hay tanto adiós delante de tu rostro” puede significar muchas cosas. Por alguna razón Alejandra lo marcó en dos oportunidades, “algo” de ella estaba en ese verso, “algo” que no merecía ser obviado.

Puede haber muchas interpretaciones en las sucesivas lecturas, de hecho la atmósfera poética de los libros publicados por Alejandra entre 1959 y 1968 comparten un tono con el poeta francés, razón por la cual no pude evitar establecer semejanzas con algunos versos marcados de Schehade, una suerte de correspondencia íntima, de melancólica cercanía hacia una forma de escritura que de algún modo la representó.

La tarea ciclópea que queda por delante es analizar cuánto de esa influencia aparece en los cuadernos y poemas de Alejandra, el sistema de marcado, el criterio de los colores utilizados, y las anotaciones en lápiz, para luego contrastar con los diarios privados desde donde volcaba o elaboraba su propia poesía.

Sin embargo, más allá de no tener conocimiento de la influencia del poeta francés en la poética de Pizarnik, se podría decir que tanto Schehade como Alejandra comparten un plano, hay en ambos un precario hilo en la construcción de algunos versos, algo delicado y a la vez tembloroso, algo que parecen abandonar, visible en las marcas que la poetisa realizó sobre los versos del poeta nacido en Alejandría.


Pero si bien aquí aparecen mínimos subrayados y traducciones, en los libros de Octavio Paz se advierten estudios, análisis, breves cuestionamientos y citas de otros textos, el autor de Libertad bajo palabra ofrece ensayos sobre literatura en los cuales Alejandra se detiene, indagando, "preguntando", hilando conjeturas, y trasladándolas a su propia escritura, de hecho –y haciendo un salto en el tiempo–  los últimos poemas escritos por Alejandra dejan entrever un cuestionamiento metafísico a través de la prosa ¿Cuánto de lo profanado por Octavio Paz aparece en la prosa poética y en los diarios de Alejandra Pizarnik? acaso la respuesta descanse en el “Archivo Alejandra Pizarnik”, ubicado en la Universidad de Princeton, Estados Unidos, donde finalmente fueron a parar sus manuscritos, variantes y correcciones, correspondencias, cajitas y sobrecitos en los que guardaba palabras o frases recogidas en lecturas y conversaciones, cuadernos en donde anotaba poemas o fragmentos de otros autores (se sabe, luego de la muerte de Pizarnik, y por pedido expreso de su madre, las poetas Olga Orozco, Ana María Becciu y Elvira Orphée recibieron el encargo de proteger estos documentos).

Una opción alternativa es consultar los libros “Pizarnik: prosa completa” y “Alejandra Pizarnik: diarios” ambos publicadas bajo editorial Lumen con edición a cargo de Ana María Becciu.
Curioso destino de estos documentos, además de las publicaciones referidas –que recogen parte del abordaje hacia los mismos– existen pocos espacios donde consultar “objetos” pertenecientes a la escritora, dos de ellos fueron citados: la Universidad de Princeton (escrituras y documentos varios, de enorme valor) y la Biblioteca Nacional de Maestros (los libros adquiridos que conformaron su biblioteca personal).

Si bien en general los ensayos devanados por Octavio Paz provocaron en Pizarnik profundas intervenciones mediante notas y subrayados, es notable el interés que suscitó en Alejandra las ideas del ensayista mexicano sobre el concepto de otredad, relacionando el acto de "ver" en el poema, para lo cual basó sus estudios en extractos de poemas de Arthur Rimbaud (Pizarnik remarca lo siguiente "Para Rimbaud el nuevo poeta crearía un lenguaje universal, del alma para el alma, que en lugar de ritmar la acción la anunciaría", y luego "La novedad de la poesía, dice Rimbaud, no está en las ideas ni en las formas, sino en su capacidad de definir la quantité d'inconnu s'eveillant en son temps dans l'ame universelle (El poeta definirá la cantidad de desconocido despertándose en su tiempo, en el alma universal). Para el escritor mexicano este concepto es "ante todo percepción simultánea de que somos otros sin dejar de ser lo que somos y que, sin cesar de estar donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte. Somos otra parte" (es posible advertir similitudes con el concepto rimbaudiano "yo es otro", asimismo Pizarnik remarca en otro texto la palabra "simultaneidad" perteneciente al mismo cuerpo de ensayos).

"No soy, no hay yo, siempre somos nosotros, la vida es otra, siempre allá, más lejos, fuera de ti, de mí, siempre horizonte..." Para Octavio Paz la imagen poética es la otredad, para luego remarcar "La imaginación poética no es invención sino descubrimiento de la presencia”. Es en este tramo donde la poetisa se pregunta "¿y entonces, cómo la imaginación tiene que proponerse su descubrimiento?" más adelante consideraría como “dudoso” el tema del descubrimiento y la proyección en el poema, dos conceptos desarrollados por el poeta mexicano.

Hubo otra variable que se sumó a este triángulo, en la colección figura un libro de Rodolfo Alonso dedicado a la autora. Se sabe que este poeta argentino tradujo a Schehade (Los poemas, Hilos Editora, 2012) y siendo el miembro más joven de la agrupación Poesía Argentina, había conocido a Alejandra en tertulias literarias, sin embargo, consultando personalmente al autor obtuve por respuesta que no compartió charlas sobre Schehade, como tampoco hablaron de los ensayos de Octavio Paz, que le dedica a la autora sendas dedicatorias de sus libros.


Es interesante detenerse en las prácticas lectoras de Pizarnik, el modo en cómo frecuenta los textos, en ocasiones con remarcados que remiten a escrituras propias ["ver mi diario 24/2"], textos que traen citas o ideas de otros escritos y pequeños ejercicios de literaturas comparadas. En muchos casos las notas de importancia son resaltadas con colores, incluyendo comentarios en lápiz.

Otra característica que se advierten en las lecturas es la demarcación de conceptos:
Metafísica, Misticismo, Dualidad, Pluralidad, Erotismo y religiosidad (John Donne)
Lenguaje natural, Melancolía, Lenguaje y cuerpo, lo indecible (Artaud, De Quincey)
Soledad, Transfiguración, Videncia, Simultaneidad, (Octavio Paz) o como cuando un simple verso se asocia con escrituras de otros autores (de Octavio Paz "toca mi piel, de barro, de diamante" (que en lápiz Alejandra asocia con Mallarmé, Elliot y sobretodo Lorca).

No deja de ser interesante la dedicatoria de este libro:

Alejandra:
"Hay que salvar al viento"
Alejandra
Las palabras se queman en el viento
Hay que salvarlas
Octavio
París, a 18 de febrero de 1961

Ya que Octavio Paz (único Premio Nobel mexicano de Literatura) lo que hace es citar un verso que Alejandra Pizarnik publicó en 1956 en un libro titulado “La última inocencia”, allí se puede leer en el poema “Origen” lo siguiente:

Hay que salvar al viento
Los pájaros queman el viento
En los cabellos de la mujer solitaria
Que regresa de la naturaleza
Y teje tormentos
Hay que salvar al viento.

Como se ve, la importancia de la colección es enorme. El responsable de Sala Americana, Ariel Fort, licenciado en Ciencias Políticas, comenta que la colección Pizarnik es de las más consultadas por investigadores. Siempre consideré que las bibliotecas deberían tener un carácter dinámico e interrogativo con respecto al potencial de sus fondos bibliográficos, es lo que ocurre con esta colección, genera documentos desde los documentos mismos, un verdadero patrimonio cultural al alcance de la mano, solo se necesita tiempo, y dedicar un espacio a la lectura crítica, al análisis de las intervenciones semánticas, al estudio literario de las sucesivas interpretaciones motivadas por ese encanto particular de estar sosteniendo los libros que Alejandra sostuvo. Si nada de esto genera interés, al menos quedará el consuelo, como me ha ocurrido, de poder acceder a otras lecturas por el simple hecho de que la autora les dedicó sus marcados y reflexiones. La literatura es inagotable, y la curiosidad debería ser, como alguna vez lo remarcó el gran bibliotecario argentino Hugo García “inagotable, continua, paciente y persistente…”

Acceder a un libro por intermedio de un comentario o una recomendación es acaso una experiencia que puede cambiar la vida de una persona, el hecho mínimo suscita una inmensa gratitud. Es por las lecturas de Alejandra Pizarnik que terminé comprando el libro de ensayos de Octavio Paz. Es por las apreciaciones de Pizarnik que tomaré un lápiz y trazaré las mismas líneas en los textos frecuentados, como una guía, acaso será un modo de agradecer el intermediario que ella fue, donde arroja con sus anotaciones un poco de claridad conceptual (arbórea, siempre iridiscente) como relámpagos en medio de una noche, o como dice Luis Chitarroni, quien recupera en Siluetas (un gran libro sobre biografías literarias), este texto de Arno Schmidt, de su Dialoge:

Un hombre con pericia y tacto ha hecho de verdad el trabajo duro “leyendo = previamente”, conquistando y desmalezando mil volúmenes de material anticuado para usted. No hacer un uso agradecido de estas sugerencias significaría que mi propia arrogante falta de pensamiento dejaría de lado las horas preciosas, irremplazables que un predecesor venerable pasó leyendo por mí.

Se dice que todos los días se suben en Youtube 100 horas de vídeo por minuto, que en Facebook se publican alrededor de 3.000 millones de fotos al mes (sí, cerca de 3 mil por segundo), que en este momento la humanidad lleva almacenado alrededor de un Zettabyte (el equivalente a más de mil billones de disquetes), que los usuarios de Internet seremos más de 5.000 millones en unos ocho años, y sin embargo en los estantes de las bibliotecas están los libros, esperando lectores, la probabilidad de agregar nuevas páginas a la inmensa construcción, aunque más no sea una divagación, como finalmente ha sido este caso.



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Texto e imágenes: escrito por Daniel Canosa y tomado del blog Libros Vivientes.